Una señora que todas las noches vendía deliciosos antojitos en una de las colonias populares de Xalapa, de repente dejó de instalar su modesto puesto en la esquina de siempre. Sus clientes empezaron a preguntarse el porqué.
–¿Será debido a las fuertes lluvias? ¿Habrá enfermado? ¿Acaso murió y no nos enteramos?
–Sospecho que ya no aguantaba la cuota que le exigían los extorsionadores por permitirle vender sus sabrosos taquitos –dijo en voz baja uno de los asiduos clientes.
Y agregó:
–A un amigo que vendía ropa barata le pasó lo mismo. Le iba bien. Tenía casa propia y un cochecito. Vendió todo, cerró su negocio y ahora vive en la pobreza. Ya no pudo pagar las cuotas impuestas por los extorsionadores.
DESEMPLEADO SUERTUDO
Un desempleado de los muchos que deambulan por la ciudad recibió la llamada de un amigo:
–Oye brother, desde hace días te anda buscando nuestro mutuo amigo fulano de tal y no le contestas. Llámale de volada.
Revisó su celular y efectivamente había varias llamadas perdidas y mensajes no leídos de su amigo. “Ufff, qué pena, me reportaré”, pensó el preocupado y distraído desempleado.
–Hola, hermano. A tus órdenes, discúlpame por no haberme reportado antes. Es que…
–No te preocupes –lo interrumpió amablemente su amigo–, me urgía hablar contigo porque quiero ofrecerte una buena chamba con un magnífico sueldo. Eres un profesional en lo tuyo y te necesito. Estaba yo a punto darle el cargo a otra persona porque pensé que tú no deseabas trabajar conmigo. Qué bueno que te encontré, valedor. ¿Aceptas?
O sea, cuando Dios decide dar, hasta la canasta presta, comenta la traviesa reportera Yaretzi López.